Thursday, November 14, 2013

XIII. La Doña en Cueros




Maria Felix - La Doña
Multifamiliares de Tlatelolco – septiembre de 1968 

Yo no tengo televisión.  Antes si iba al cine.  Pero no, no tengo televisión.  Ni pienso comprarme una para ver las disque olimpiadas y ver unos cabrones en calzoncillos corriendo.  Por decir eso, y por ser viejo y loco, creo que me ven con recelo los vecinos.  Doña Lupita, sin embargo, siempre ha sido buena gente conmigo.  De vez en cuando me invitan a “ver la tele”.  Esta noche estoy en el sofá entre sus dos chamacos, Rosita y Serafín chico.  El marido de doña Lupita, un fulano que trabaja en hacienda, me ofrece una cerveza. 

--Muchas gracias, don Serafín –le digo aceptando con gusto. 

--Quesque en esta película sale la doña en cueros –se ríe doña Lupita. 

--No sé cómo se atreverían a sacar eso en la televisión –contesta don Serafín que es medio persignado--.  Niños, váyanse a su cama mejor.  Esta película es para adultos. 

Los niños se van y quedamos solo los adultos.  Empieza una película que llaman la Cucaracha.   

--¿Así fue la revolución entonces, mi general? –me pregunta doña Lupita. 

Lo que vide no me impresiona.  Tampoco me encabrona.  Es solo una película.  Nunca podría esta incluir el olor de un campamento lleno de gente que no se ha bañado en semanas.  Y en las películas los muertos gritan y se caen y se quedan quietecitos.  No veo a ningún infeliz con la panza abierta en canal tratándose de meter los intestinos al buche.  En fin, es una película.

¿Cómo podría una película reflejar lo que fue una revolución?  Tuve la ocasión de preguntárselo al mismo Eisenstein cuando andaba filmando indios en México.  Y él mismo ruso me admitió que no, que las sombras esas que el captaba eran tan solo esbozos de la realidad.  Y si el cine no puede, dudo que estas letras lo puedan hacer. 

--Si pues –contesto guturalmente, tratando de imitar el hablar del Indio Fernández. 

--Pura mortandad, ¿y para qué? –dice con mala gana don Serafín. 

No le discuto al hombre.  Tiene algo de razón.  Pocos entre los infelices pendejos que nos andábamos matando sabían por qué chingaos lo hacían.  Pero si había algunos, como mi tío, que le entraban a la bola por convicción y amor a México.  Mientras esos hombres quedaban con vida la bola seguía y seguía pues no iban a tolerar ninguna tiranía y de inmediato tomaban las armas.  Una vez que se acabaron esos hombres todo se fue a la chingada.  Luego lo que el gobierno hacia era asegurarse de que se ajusticiara al cabrón que surgía que era de huevos y rebelde.  Yo lo sé bien.  Mate a varios de ellos por orden del gobierno federal.  Esto era lo que se llamaba “mantener la paz social”. 

--Si pues, don Serafín, pura mortandad a lo pendejo –vuelvo a decir con el dejo del Indio Fernández.  Digo, es lo que estas buenas gentes esperaban de mí.  ¿Por qué desilusionarlos?  Soy un fantasma viviente nada más.  La revolución para ellos no es más que una avenida o una película de la doña. 

Finalmente sale la escena de la doña encuerada.  Bueno, solo la muestran de espalda.  Ni muestra las tetas.  Admito que me hubiera gustado ver a la doña encuerada aun si luego Brígida me hubiera regañado. 

Ciudad Juárez, finales de abril de 1911 

En el patio del cuartel del 14 hay un carajal de indios encuerados.  Los maderistas separaron a la tropa de la oficialidad.  A los primeros nos encueraron y nos hicieron marchar así por la ciudad humillándonos y acabamos refundidos en el patio del cuartel mencionado.  A la oficialidad Madero se encargó que no los tocaran (algunos de su gente, especialmente los magonistas, los querían fusilar) y los tenían albergados en casas particulares habiendo dado su palabra de honor de no escaparse.   

Pronto empezaron los banquetes en celebración de la paz donde los mandos maderistas invitaban a los oficiales federales y se brindaba con champaña.  El capitán Cervantes, por supuesto, estaba en su elemento.  La convivialidad y caballerosidad en esos banquetes era similar a los que se celebraban después de una partida de polo en el Jockey Club en la Ciudad de México.  Y claro, nadie mencionaba a los muertos de ambos bandos que ya se pudrían en las fosas comunes. 

El sargento Toribio maldijo y se sentó junto a una pared del patio del cuartel.  A su alrededor nos acurrucamos –en pelotas—los diez infelices que quedábamos del 88. 

--Todos esos cabrones son del 20 de infantería –observo Toribio--.  Se quebraron luego luego me dicen. 

--¿Nos van a fusilar sargento? 

--Es lo que yo haría con esos cabrones, por coyones, y con nosotros, por pendejos –se rio el soldadote--.  Es más, creo que ya vienen a darnos de plomazos.

Fue entonces la primera vez que vide a Pancho Villa.  El centauro entro escoltado por veinte de sus hombres.  Todos sus escoltas traían el cartucho cortado.  Los prisioneros callaron sus quejas y charla de pronto.  Se podía oír la caída de un alfiler. 

--Señores, soy el coronel Villa –anuncio el centauro--.  Levanten la mano los que son jefes. 

Ninguno lo hizo.  Toribio, sin embargo, se paró sin mostrar vergüenza de sus desnudeces. 

--Señor coronel, soy el sargento Toribio.   

--Ah, muy bien, sargento.  ¿Y el resto?   ¿O a poco los federales no tenían jefes? 

Era como preguntar si entre el viejo ejército federal no habían hombres.  Eso calo.  Siguiendo el ejemplo de Toribio, unos cuantos más se pararon.  Algo aprendí con los años y es que el valor, igual que el miedo, se contagia. 

--Si nos va a matar –le dijo Toribio a Villa--, pos de una vez hágalo señor.  Pero sepa que la mayoría de esta gente son puros chamacos de leva. 

Villa sonrió. 

--No, muchachito, no se trata de morir –explico--.  Afuera tengo unas carretas con pan y ropas.  Usted, sargento Toribio, queda al mando y me responde de organizar el reparto de esa impedimenta y vituallas.  ¿Entiende? 

Unas cuantas semanas me hacinaba yo con otros soldados federales en un tren que nos llevaba al sur.  No les relatare otra vez la chinga que era viajar encima de un vagón.  Por lo menos ya no había frio.  Eso sí, nos llovió todo el puto camino hasta la ciudad de México.  Yo y los otros diez que quedábamos del 88 seguíamos a las órdenes de Toribio. 

En Ciudad Juárez un hombrón bien plantado observaba a un grupo de hombres armados frente a la estación del tren. 

--¿Estos son todos, maestro? –le pregunto José Inés Salazar a mi tío. 

--Si, compañero.  Son 250.  Todavía hay algunos convalecientes. 

José Inés Salazar camino entre las filas reconociendo a varios de los hombres que lo saludaban con el puño en alto.  Salazar era magonista de antaño y se le respetaba mucho entre las filas de los “colorados”. 

--No tenemos mucho parque –explico mi tío--.  Madero no nos ha querido suplir.

Salazar se plantó frente a los hombres. 

--Vámonos a Casas Grandes, compañeros –dijo José Inés Salazar--.  Yo soy de ese rumbo y conozco a la gente ahí.  Aquí no tenemos más que hacer.  Madero se va a arreglar con los oligarcas y la revolución va a valer una chingada.  En Casas Grandes nos podemos reorganizar y hacernos fuertes.  La bola va a seguir, se los aseguro.  Y no, no hicimos la revolución para que se turne otro pendejo en la silla. 

Los magonistas respondieron positivamente.  Eran todos hombres dedicados enteramente a la causa de la revolución.  Pero mi tío vacilo.  Llevaba meses sin ver a su familia en Veracruz.  Quedamente le pregunto a Salazar. 

--¿Vamos a seguir alzados entonces? 

--Por lo menos juntemos armas y parque y gente, Francisco –explico Salazar--.  Haremos de Casas Grandes nuestra base de operaciones.  Creo que Madero se hará de la silla y luego se vendrá en contra de nosotros.  La nuestra es la verdadera revolución.  No le conviene a los oligarcas que sigamos en pie de guerra. 

--¿Y Orozco se nos unirá? 

--Probablemente, compañero –contesto Salazar--.  ¿Qué dice maestro?  ¿Sigue conmigo? 

Mi tío suspiro.   

--Si pues –contesto mi tío emulando al Indio Fernández--.  De lo contrario tanta de nuestra gente habría muerto en vano. 

La locomotora silbo.  Los magonistas se apresuraron a subirse al tren rumbo a Casas Grandes.  El conductor los observaba con cuidado. 

--Bueno, por lo menos no creo que ningún sombrerudo nos ataque –le dijo Rodolfo Fierro, el conductor, al maquinista--.  Esos cabrones se ven muy broncos.  Ni quien se meta con ellos. 

--Pos usted ordene, don Rodolfo –le contesto el maquinista. 

Fierro bajo y camino a lo largo de la locomotora.  Por lo menos, pensó, no era la cafetera desvencijada que había tenido antes.  La máquina era, observo, una consolidation 2-8-0 construida por Baldwin.  No tendría más de unos cinco años.   

--Que chulada de máquina –dijo Fierro observando el número de esta: 370. 

--Con tal de que haya agua en los tanques en la ruta de aquí a Casas Grandes no tendremos problema –explico el maquinista--.  La 370 puede con este convoy y hasta con más.  

Fierro alzo el silbato a su boca y ordeno en voz clara y fuerte: ¡Vámonos! 

Esa noche hubo otro banquete.  Presidia Madero.  A su lado estaba sentado el general federal, Navarro.  Francisco Villa se encontraba sentado frente al capitán Cervantes.  Habían cruzado miradas brevemente.  Cervantes no se atrevió a hacerlo dos veces.  La sangre se le había helado al ver los ojos de Villa. 

--Brinde usted mi coronel –le pidió Gustavo Madero a Villa. 

--Me perdonara usted, don Gustavo –contesto Villa--.  Yo no tomo. 

--Ándele, caporal –dijo Madero que así le llamaba al centauro--, por lo menos diga algo. 

A regañadientes, Villa se paró. 

--Señor Madero, con todo respeto, yo no soy hombre letrado –comenzó Villa--.  Usted sabe la clase de vida que he llevado.  Para nadie es secreto y no niego lo que soy, fui, o he hecho.  Y en base a lo que he aprendido en las andadas es que me atrevo a darle, respetuosamente, un consejo.  Si usted no quiere que todos estos amigos lo traicionen lo mejor sería que los mandara fusilar de una vez.  Es todo lo que tengo que decirle.  Y ahora, con su permiso, señores, me retiro, pues la cena me ha caído mal en el estómago y la bilis se me ha derramado. 

Nadie de los comensales dijo palabra alguna mientras se retiraba el centauro.  Algunos de los presentes estaban morados de coraje.  Madero estaba muy pálido.  El capitán Cervantes sudaba frio.  El único que tenía un esbozo de sonrisa era Gustavo Madero.  

Chapultepec 

El sargento Ramiro entro en la habitación del dictador.  En sus manos estaba la charola con el champurrado.  El anciano se encontraba ya de pie. 

--Buenos días, mi general. 

--Buenas, Ramiro.  Me temo que este arroz ya se coció.  ¿Viste a doña Carmen? 

--No me hablo esta mañana. 

--Ha de andar empacando. 

--En eso andan, mi general.  Tengo una tropa del estado mayor que vendrá a empacar aquí también. 

--Ah, bien, encárgate tú.  Solo te encargo la silla. 

--¿La silla mi general? 

--Si, la de montar, la de cuero español.  Esa me la dio el indio aquel que andaba de chinaco, ¿te acuerdas? 

--Ah, sí, mi general, el tal Sostenes. 

--Ese mero.  Me gusta mucho esa silla.  Es la única que realmente vale la pena.  Es muy suavecita.  Asegúrate de empacármela.  Lo que resta aquí, me vale madre. 

--Seguro le permitirán montar allá en Paris.

--Ojala.  Pinches gabachos, ya ves como son los cabrones. 

Para las seis de la tarde el cortejo presidencial había llegado a la estación de Buenavista en medio del chipi chipi.  En el andén había una horda de políticos, militares, y mirones, incluyendo a Ramiro, este logro atraer la atención del dictador y le indico que la silla de cuero español estaba ya abordo.  Una banda de música empezó a tocar las golondrinas. 

--Puta madre –murmuro el dictador en voz baja al oír la música, no sabía si mantendría la entereza. 

--Señor presidente –dijo un fulano elegante aproximándose. 

--Ah, señor de la Barra, ya no soy tal, usted es el presidente –contesto el dictador. 

--Siempre estaré a sus órdenes, señor general. 

--¿Cuándo sale el tren? –pregunto doña Carmen, la cual estaba toda nerviosa no fueran a balacearlos los maderistas. 

--Ya mero, mujer –le contesto hoscamente el dictador. 

--Señor general, mi gobierno le ofrece toda clase de garantías –afirmo un fulano igualmente elegante con la rayita en medio de la cabeza. 

--Señor embajador –contesto Díaz reconociendo al embajador de EEUU Henry Lane Wilson--, le agradezco su gentileza pero no veo ni quisiera tener escolta yanqui para salir de México.  Y no, no me dirigiré a su país, ciertamente que no.   

--Despreocúpese, señor general –dijo de la Barra--.  El tren tendrá buena escolta. 

--Señor general, yo estoy al mando –dijo un militar saludando. 

El fulano era un tipo de mirar duro, de lentes, pelón, aindiado. 

--Y usted, ¿Quién es? –pregunto Díaz. 

--Brigadier Victoriano Huerta, mi general. 

Díaz lo observo con cuidado. 

--¿Con que escolta cuenta brigadier? 

--Tengo gente del 29 batallón de Blanquet, de la escuela de aspirantes, y un piquete de rurales. 

--¿El 29?  ¿No iba al norte? 

--Hubo contra orden, mi general –explico Huerta. 

--Señor de la Barra –índico Díaz--, si este brigadier me hace llegar con bien a Veracruz a mí y a mi familia asegúrese de ayudarlo.  ¿Entiende? 

--Así hare, señor general. 

La máquina silbo. 

--Vámonos ya Porfirio –dijo doña Carmen toda nerviosa. 

Díaz le dio un último vistazo a la estación y sus ojos se cruzaron con Ramiro.  Este se cuadro y lo saludo.  Acto seguido el dictador y su sequito abordaron los vagones y el convoy empezó a caminar. 

En uno de los vagones del convoy Francisco Cárdenas, el rural, abrazaba a la Grilla.   

--Ya estamos en camino, viejita. 

--¿Crees que lleguemos con vida, Francisco? 

--Cálmate mujer –el rural la sentía temblar--.  Nadie detiene a este convoy.  Conozco a Huerta.  Es todo un hijo de la gran puta.

--Tengo miedo Francisco –le imploro La Grilla--.  No me dejes sola. 

--Que te digo que todo saldrá bien –insistió el rural hablándole con ternura--.  Mira, al ratón voy al vagón de equipaje.  Esa vieja estirada de doña Carmen tiene como treinta baúles ahí.  Conozco al sargento a cargo.  Veré si puedo hacerle algún trapo perdidizo para que tú lo portes.

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