Wednesday, November 27, 2013

I - Los Pinos

Villa y Zapata en palacio
El Último Tren

Parte Uno – Manuel

I Los Pinos – septiembre de 1968

“…Fui soldado de Francisco Villa

Aquel hombre de fama mundial
Y aunque estuvo sentado en la silla
No envidiaba la presidencial…”

La edecán era una niña joven. Pero a mis años el todo mundo parece apenas destetado.
--Señor general, el presidente lo recibirá ahora.

La seguí. Trate de caminar lo más derechito posible. No quería dar vergüenzas. Mi uniforme olía a naftalina. Ya no lo llenaba. Ahora soy puros huesos.
Aunque el guardia a la entrada del despacho me saludo, tenía una sonrisa burlona. Me le quede viendo fijamente. Pinche tenientito. Catrín. No hubiera durado ni un minuto ante los Yaquis, sobre todo cuando esos cabrones empezaban a tocar sus putas flautas y tamboriletes. El caso es que dilate tan solo una fracción en contestar su saludo. Se paró más derechito y se le quito la puta sonrisita. Solo entonces le regrese el saludo.

El presidente estaba en su despacho. Había dos secretarios de estado con él. Políticos. Falsos. Todos. Los conozco bien.  He matado a más de uno de ellos.  Lo hice sin remordimientos, como quien mata una cucaracha.  También he matado a hombres buenos, admirables, valientes.  Esos si me han dolido.
Salude según la ordenanza.  Pero mi saludo no fue al trompudo, no al hombre. Fue a la presidencia. Me quede en posición de firmes. Seguía saludando. Ellos me ignoraban.  Seguían discutiendo un asunto. Junto al presidente, un general le susurro algo en el oído al trompudo. La cara me era familiar. Tal vez mate a su padre.

--Mi general Pavón --finalmente dijo el presidente.
El hombre se paró de su silla y me saludo de mano. Los otros dos políticos se apresuraron a hacer lo mismo.

El presidente me ofreció una silla.
--He oído mucho de usted, Pavón. Aparece usted mucho en el Casasola.

--¡Yo pensaba que se había muerto! --dijo uno de los políticos riéndose.
Portaba guayabera. Era pelón. Lo reconocí.  Era el secretario de gobernación.

No dije nada. En la pared había una foto. Villa y Zapata en palacio. El centauro sentado en la silla presidencial. Se está riendo. Como diciendo: ¿pos a poco por esta chingadera se andan matando?  A su lado, Zapata esta serio, adusto. Es que ese día se había puesto bien borracho. Parecía zorrillo fumigado. Eufemio se lo llevo de ahí a dormir la mona.

Pero el centauro nunca tomaba. Siempre estaba en sus cinco. A la izquierda, detrás del gringo Reed, hay un jovencito. Yo. Era apenas un chamaco. Tal vez tendría 17 años.  Ya era hombrecito. Ya había matado. Todavía me falta morir. A mi lado está mi tío, Francisco, un criollo gordo y colorado, pintando canas, bigotazo, cananas, sombrero tejano.

--Es muy serio el general --dijo el otro político.  Portaba traje de Saville Row, corbata de seda, y un diamante en el pisa corbatas.  Su sonrisa era falsa.

--Estoy a sus órdenes, caballeros –les conteste.
Lo formalito lo aprendí de mi tío. Él saludaba a los oficiales pelones antes de fusilarlos. Y es que hay que hacer bien las cosas. No, no quería dar vergüenzas. Brígida me hubiera regañado.

--¡Ah que mi general! –Exclamo el de Chalchicomula--. Ud. tal vez sea de los últimos que sobreviven de aquella bola. Mire, le agradezco que se haya tomado el tiempo de venir.

--Como dije, señor presidente, estoy a sus órdenes.

--Pues sí, muchas gracias, decía...abreviemos, ¿es cierto lo de la leyenda de Bachimba?

--Es algo muy importante para el presidente --se apresuró a aclarar el político del diamante.

--¿Bachimba?
A mi mente vino la imagen de un breñal perdido en el desierto. Soledad. Una noche estrellada. Coyotes aullándole a la luna. Muertos picoteados por los zopilotes. Polvo. Un frio de la chingada.  La sonrisa descarnada de los muertos hacia parecer como que se burlaban de los vivos.
¿Qué le podía contar al hombre de Bachimba?  ¿Lo de la maquina loca que soltó Pascual Orozco?  ¿O tal vez como Pancho había tomado las alturas a base de huevos cuando Huerta uso a su gente como carne de cañón?  ¿Trucy Aubert y su caballería dando vueltas a lo pendejo en las cañadas?  ¿O como el general federal que fue derrotado –su nombre se me escapa—se había suicidado por haberle quedado mal al señor Madero?  Pero no, no sabía que más había que contar sobre Bachimba.

--¡Si mi general, Bachimba! --exploto el trompudo--. ¡Quesque Villa enterró ahí un tesoro fabuloso!
Había cierto tono de impaciencia en su voz. El general estaba ahora parado detrás del presidente. Me miraba. Fijamente. ¿Era asombro, respeto, o tal vez odio en su mirar? No sabía cuál. Sí, yo creo que mate a su padre. Quien quita y me iba a vaciar la pistola. Yo hubiera hecho eso si hubiera matado a mi padre. ¡Cabrón! Mi mano se fue a mi cadera. Estaba desarmado.
--Según esto era mil barras de oro puro de la American Smelting Company de Durango –explico el político del pisa corbata de diamante--.  Es un tesoro fabuloso que bien equivaldría al presupuesto nacional por un par de años.
--¡Podríamos emitir nueva deuda con el aval de tanto oro!  ¡Los mercados reaccionarían favorablemente!

--¡Bachimba, carajo! ¡Dígamelo todo cabrón! --exclamo el trompudo con enojo.
Me le quede mirando. Si, conozco donde hay un tesoro.  Sacudí mi cabeza. ¿Qué dirían los de la hermandad blanca si revelara su secreto? Si no se lo dije a Plutarco, menos a este presidente.

--¡Este infeliz ya está chocheando! --dijo el de la guayabera.
--¿Bachimba? ¿Quiere saber sobre Bachimba? –balbucee--.  El general se dio un plomazo en la sien.  Pensaba que Orozco se había comido vivo a Trucy Aubert.  Pero pos no, el gordo reapareció dos días después.
No pude evitarlo. Algo de baba se cayó de mi boca.

--Señor general --dijo el militar que estaba detrás del presidente--. Por favor dígale al presidente lo que sabe.

--¿Lo que se?  Pos sí, yo lo vide todo.  Y fue en buena lid, mi general --le respondí.
No tenía miedo de morir. Y después de todo yo lo había hecho huérfano. Pero creo que había que aclarar ciertas cosas.
--Yo vide como murió su apa –le explique--. Venia montado al frente de unos Yaquis. Yo lo vide caer. Murió luego luego. No sufrió.  Su apa era muy hombre. Lo cocimos a balazos. Venia sobre una yegua azabache rete chula y la tomamos.  Fierro se quedó con ella pero luego se metió a la laguna esa y el animal se le encabrito y él se ahogó ahí. Pero su apa se murió dándonos la cara. Pero si quiere desquitarse, pos estoy a sus órdenes.

--¿Y ora de que chingaos habla este pendejo? --dijo el presidente.

--No tiene caso señor presidente --dijo el de la guayabera--.  Este infeliz ya está senil.

El trompudo le hizo una señal al general. Este me tomo del brazo y me ayudo a levantarme de la silla. Me olí a mí mismo. ¡Me había meado! Brígida me va a regañar. ¿Quién diablos se mea en el despacho del presidente?
--¿Me van a fusilar? --le pregunte al militar.
Si, seguro ese coronel obregonista que habíamos venadeado había sido su padre. Tenía el mismo tipo, toscote y grandote.

--Vengase conmigo mi general --dijo el militar en voz callada.

--¡Pos órale! ¡Ya viví bastante!  --Desgraciadamente no tenía ni un triste peso en la bolsa. ¿Qué les iba a poder dar a los muchachos del pelotón? ¡Me van a apuntar a los huevos!

Ya fuera del despacho el militar me encaro.
--Acerca de Bachimba...no le quiso decir, ¿verdad?

--¿Pos que le iba a decir?  No tengo nada que decirle.

--¿Es cierto que Plutarco lo torturo?

Asentí con la cabeza. No tenía que añadir que no, no hable, no le había dicho tampoco a Plutarco. El militar lo sabía. Me saludo. Correctamente. Le conteste el saludo. Correctamente.
Busque adonde me iban a ajusticiar. ¿Sera bajo ese hermoso ahuehuete? ¡Sería una honra! ¡Brígida! ¡Ahí te caigo!

Para mi sorpresa no me llevaron al paredón. La edecán me tomo del brazo y me llevo adonde esperaba la limusina que me había traído a Los Pinos. Sentí cierta desilusión. Morir fusilado seria lo correcto. Tal vez así expiaría mis pecados.

Brígida me esperaba junto a la limusina. Estaba fumando un cigarro de palma. Me vio y me sonrió. Brígida tiene veinticinco años. Siempre los tendrá. Nunca ha envejecido. Iba vestida con su rebozo, sus enaguas, un sombrerote, y portaba una carabina 30-30 en la espalda. Esto en terrenos de la casa presidencial. Debo aclarar que yo soy el único que ve a Brígida. ¿Y por qué no? Es mi mujer.

--¿Te measte Pavón?


Brígida soltó la carcajada. Nunca me dice Manuel. Siempre me llama Pavón. La dentadura era perfecta. Brígida también está en el Casasola. Había llegado el tren a Torreón. Le tomaron la foto cuando se bajaba del vagón. Mira a su izquierda. La mirada es feroz. Éramos el último tren. Iba a estar cabrón encontrar algo de comer. Pero esa noche regreso con una gallina y unas tortillas viejas. Una cena de reyes, en otras palabras. Fue un milagro. Bueno, realmente no. Brígida era bien cabrona.

Me subieron a la limusina. El chofer puso una toalla en el asiento. No sentí vergüenza. Ya me vale todo. La vejez, he descubierto, es una seria de humillaciones que solo se acaban cuando llega la parca. Luego te pudres pero ya te vale madre. Brígida se sentó a mi lado, se quitó los huaraches, y puso sus pies pequeños, de niña, en mi regazo y se los empecé a sobar.


--Ya estoy harto, vieja. Para que quiero seguir viviendo. ¿Ya llévame no?

El chofer me dirigió la mirada a través del retrovisor.  Según él yo estaba hablando solo.  Suelen decir que estoy senil o loco.  Si es así lo prefiero a estar en mis cinco.

Brígida le dio una chupada a su cigarro.
--Veremos, Pavón. Duérmete por ahorita.

--¿Para qué chingaos le sigo? –insistí--.  Ya solo doy vergüenzas.

--Son ordenes de la superiorida'.
Sentí como su mano tibia y amorosa me cerraba los ojos. El sueño me gano.

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