Friday, November 22, 2013

VI - El 88

Tren Militar
VI.    El 88

Mientras Cervantes destrozaba a Mozart yo me encontraba hacinado entre la bola de infelices que la leva había levantado.  Había dejado de llorar.  Ya no tenía más lágrimas.  Además que el ambiente no era propicio para mostrar debilidad. 

Hoy puedo decir que la Grilla, mi Dulcinea del monte, sería la primera, que no la última, mujer por la que arruine mi vida.  Y también sería la primera cabrona que me rompería el corazón. Pero nada de esto me preocupaba en esos momentos pues al fondo de la plaza, enfrente del edificio jodido que atrevían a llamar la “comandancia” pude observar al rural Cárdenas hablando con un oficial.   

--Traje cincuenta cabrones, mi capitán --explicó Cárdenas.   

Los hijos de puta rurales habían levantado peones en todo el pueblo, sin respetar que algunos eran apenas niños o ya eran ancianos. 

El oficial nos vio con un mal disimilado desdén.  Era un catrín muy prendidito con el pelo todo envaselinado. Sus botas federicas eran lustrosas y portaba en sus manos enguantadas un fuete.  Era Cervantes que finalmente se había dignado emerger del cuchitril donde hacia su oficina, aunque en esos momentos yo desconocía su nombre.

--Ya ni la chinga, mi cabo.  ¿De dónde agarro tanto infeliz jodido?  Apuesto a que estos cabrones casi ni hablan español –dijo Cervantes riéndose--.  Servirán, acaso, para carne de cañón.

--No les confié, mi capitán. Hay varios que son rete broncos --Cárdenas me apuntó--.  ¿Ve a ese cabrón chamaco? Mató a dos de mis hombres a machetazos. No lo fusile nomas porque tenía que completar la cuerda. Es todo un asesino.

--¿Ah sí? –contesto Cervantes retorciéndose el bigotazo a la káiser--.  Pos se lo voy a encargar al sargento Toribio. Ese es un verdadero hijo de puta y le va a quitar lo machito.

Para esas alturas, así hambriento y adolorido como estaba, no me importaba si me asignaban a las órdenes del mismo diablo. Pero en eso vi que una mujer se le acercaba a Cárdenas y mi corazón sufrió un sobresalto. Me paré todo adolorido de la loza. Era la Grilla. No pude evitarlo. Me dirigí a ella.

--¡Sois mi cielo! ¡Mi sol! --exclamé aproximándome a ella con los brazos abiertos.

La mujer, que le llevaba un taco al tal Cárdenas, me observó con asombro. Era evidente que se había “arrejuntado” con Cárdenas.

No llegue ni cerca. Un culatazo me tumbó. 
 

--¡Regrésese al redil, cabrón! --me dijo uno de los juanes que me había soltado el marrazo.

--¿Ya vide, mi capitán? --dijo Cárdenas--.  Yo que usted lo mandaba fusilar. A menos que crea poder domar a ese cabrón.
 

Cervantes oyó las palabras retadoras de Cárdenas y se puso morado.

Escupí unos dientes y sangre. Pero lo que más me dolió fue la risa de la Grilla. Como dije, ahí mismo me rompió el corazón.

--No se preocupe Cárdenas –contesto Cervantes con voz patibularia.  Él tenía poderosas razones (que ustedes ya conocen) para mostrarle a Cárdenas que sí, si era un todo hijo de la gran puta.
 

El oficialito se me acerco y me dio un fuetazo inmisericorde.  

--¡Este cabrón va a aprender a respetar! –grito Cervantes--. ¡A ver, sargento Toribio! ¡Agarre a este cabrón y pásenlo por cajas de inmediato! ¡Está bajo su mando de ahora en adelante! ¡Póngale una chinga de perro bailarín para que se le quite lo gallito!

El tal Toribio era un indiote con cara de asesino con una cicatriz que le dividía la nariz. Ordenó a sus gentes que me llevaran ante una mesa improvisada.

--¿Nombre? --preguntó un sargento pagador.

--Manuel Pavón.

--Ponga su cruz aquí, en la raya.

--Sé leer y escribir.

--Pos jirmele entonces.

--¿Este pendejo sabe leer y escribir? –pregunto Cervantes con curiosidad.  
 

Debo apuntar que el ejército porfiriano, sobre todo los infelices que levantaban de leva, no se comparaba al cuerpo de ejército de oriente del inmortal Zaragoza donde la mayoría, si, aunque usted se asombre, sabía leer y escribir.  No, el ejército de don Porfirio era puro proletario que el dictador mandaba a combatir al mismo pueblo al que pertenecían. 

El hijo de puta de Cervantes se me acerco y me levantó la cara con el fuete.  

--No está mal. No es algo de lo que le presumiría a Ignacio de la Torre y Mier, pero no, no está mal. ¡Báñenlo y asígnenlo a mi servicio!

--Es un asesino, mi capitán –advirtió el sargento Toribio--.  Déjele que lo quebré y se lo suelto.

--No, sargento.  Así me gustan, broncos --respondió el capitán acicalándose el bigote y alejándose.

Te hubiera ido mejor conmigo, muchacho --me dijo el tal Toribio en voz baja--. Yo solo te partiría la jeta pero te haría soldado. Ese puto del capitán Cervantes te va a querer hacer mujer. ¿De dónde eres?

--Soy de aquí Coscomatepec, mi sargento.
 

Sucedió entonces uno de esos hechos que solo ocurren en la imaginación febril de ciertos escritores entre los cuales, por supuesto, no puedo colocarme.  Suplico su tolerancia, lector.  Mire, si usted cree que Thenardier pudo encontrar al coronel Pontmorency entre la caballada muerta en el camino hundido ese en Waterloo –tal afirma el genial Víctor Hugo—pos no se asombre de lo que me sucedió después.

¿Eres de los Pavón de este rumbo?

--Sí, mi sargento.

--¿Conoces a Francisco Pavón el maestro?

--Sí, mi sargento. Es mi tío.

--¡Puta madre! Fuimos amigos de chamacos. Escucha, muchacho, te voy a ayudar. Quítame el rifle y dame un guamazo. ¡Hazlo!

Sin pensarlo más hice así.  Le arrebate el máuser y tumbe al sargento de un culatazo (a pesar de nunca haber manejado esta arma) y me temo que le hice escupir varios dientes.  Ya se imaginaran.  Los otros soldados me dieron de golpes de inmediato.  Y se armó toda una bronca. El caso es que esa noche dormí preso y encadenado en un vagón de ferrocarril que usaban de calabozo.  Pero por lo menos no dormí en la alcoba del capitán Cervantes. La única bronca era, como me explicó el sargento Toribio, que se supone que me iban a pasar por las armas al amanecer.

--¡Ay Dios! --gemí.

--No chille Pavón --se rio el sargento—pórtese hombrecito cuando este frente al pelotón. 
 

El fulano había tomado de buena manera el golpazo que le di.  No le tenía mucha simpatía a Cervantes. 

--¡Puta madre!  ¡Estoy muy joven para morir!  ¿Y que será de la Grilla? 

--¿Quién? 

--Olvidelo mi sargento –respondi tratando de calmarme. 

--¡No chingues!  Escucha, muchacho, no te van a fusilar.  Veras, ya llegó la orden de montarnos en el tren para el norte –explico Toribio--. Con la corretiza ni quien se acuerde de ajusticiarte. No somos el ejército prusiano, chingaos, donde son muy detallistas los cabrones.  Además ya le dije al coronel que si ocurrió lo que ocurrió fue porque no quería que Cervantes te pisara. El coronel ya conoce a Cervantes y entendió. Te aconsejo que no te le acerques al capitán de ahora en adelante, no sea que si te pase por las armas.

No pude evitar temblar. ¡Iba a vivir!  ¡Si!  ¡Aun en medio de este infierno viviría un poco más!
 

--¿Nos vamos a ir hoy, mi sargento? –mi respeto y agradecimiento a ese hosco soldado era sincero.

--Si, primero a Orizaba y de ahí rumbo al norte. Vamos a partirnos la madre  con los maderistas. Don Porfirio no va a entregar la silla ansina nomas. Va a haber bronca. Tú haz lo que te digo y estarás a salvo.  Bueno, eso creo.

Y si, una hora después me soltaron calladamente sin hacerla de tos.  Mis compañeros de leva y yo fuimos vestidos en el uniforme típico del pelón federal: el pelo cortado a rape para medio evitar los piojos, un quepí de tiempos de Juárez, un fusil mohoso, pantalones y camisa de caqui, y huaraches. Entre mentadas y juramentos subimos la caballada a los trenes y luego nos encaramamos (como pudimos) encima de estos.

Finalmente la maquina silbó tres veces.  ¡Estábamos en camino! Entre la gente que se arremolinaba en la estación creí ver a Cárdenas con la Grilla al brazo. Una tristeza tremenda me embargó. No me importaba ya morir. Me desquitaría con los maderistas, pensaba. Jure entonces que algún día mataría al tal Cárdenas. Lo volvería a ver, si, en Ciudad Juárez y luego me lo encontraría en una noche horrible, en febrero de 1913, atrás de Lecumberri, cuando él estaba a cargo del piquete –y yo entre ellos—que escoltaba a los señores Madero y Pino Suarez a su Gólgota. Pero esa historia la relatare más adelante.
 

Vide desaparecer las torres de mi querido pueblo y si me puse a llorar aunque con disimulo.  El ramal de vía angosta eventualmente nos llevó hasta Orizaba.  Ahí nos cambiamos a otro convoy. Se repitió el desmadre de bajar y subir la caballada y cargar la impedimenta.  Por supuesto, yo estaba ciscado todo el tiempo temiendo que me encontraría otra vez a Cervantes.  Pero ese cabrón parece que se subió al vagón de los oficiales y se puso a chupar mezcal mientras los jefes se encargaban de organizar el traslado. 

El que si estaba todo el tiempo en el andén vigilando todo con ojo de águila era el coronel, un fulano gordo y cachetón como de unos cincuenta años.  Era evidente que Toribio y el resto de los jefes los respetaban y obedecían sus órdenes sin chistar. 

--¿Cuántas gentes tenemos ya Toribio?  --pregunto el coronel. 

--Entre mi gente y la de los otros jefes creo que andamos por 600 ya mi coronel. 

En efecto, en Orizaba se nos habían unido más levas, en su mayoría indígenas del rumbo de Zongolica.  El coronel ordeno formarnos para ser inspeccionados.  Esto tomo un tiempo y muchas mentadas de madre de los jefes.  La razón pronto se hizo evidente. 

--A ver, ¿Cuántos de ustedes hablan español? –pregunto el coronel. 

Yo y unos cuantos más, no muchos, alzamos la mano. 

El coronel sacudió la cabeza.  Ordeno entonces que se aproximara otro jefe, un tal sargento Domitilo, que hablaba náhuatl, lengua que domina en la sierra negra.

--A ver, Domitilo, quiero dirigirme a estos cabrones.  Traduce lo que les diré. 

Y el coronel comenzó su perorata. 

--¡Soldados!  ¡Bienvenidos al glorioso 88 batallón de infantería! 

Me temo que el tal Domitilo era un cabrón, tal vez maderista o magonista encubierto o que se yo.  Yo medio mascullaba el náhuatl y esto fue lo que el tal Domitilo les dijo a los infelices que había levantado la leva: 

[¡Ya se los llevo la chingada cabrones! ¡Bienvenidos a este cuerpo jodido!] 

El coronel continuo sin tener idea de lo que Domitilo había traducido.

--¡Los felicito pues tienen la misión sagrada de defender a las instituciones combatiendo a los rebeldes y agitadores maderistas! 

[¡Don Porfirio esta terco en morirse en la silla y por ello ustedes van a ir a dejar sus huesos al norte!] 

--¡Sepan ustedes que este batallón se cubrió de gloria en Padierna combatiendo a los gringos!

[¡A este batallón le partió la madre los gringos por culpa de unos mandos pendejos y ahora nos va a volver a pasar igual!] 

--¡El 88 ha cubierto de gloria las armas mexicanas!  

[¡Chinguen a su madre los putos gringos!] 

Por lo menos al traducir esto Domitilo si hubo una reacción favorable de los enganchados.  Nadie quería a los gringos. 

El coronel se había entusiasmado viendo la exaltada reacción de su tropa pensando que ardían en ganas de morirse por don Porfirio.  El coronel entonces asumió la típica retorica patriótica. 

--¡No permitáis que el enemigo os arrebate estas sagradas enseñas!  ¡Mostraos duros y valientes ante él!  ¡No le tengáis misericordia!  ¡La patria tendrá laureles de victoria y vos un sepulcro de honor! 

[¡Si!  ¡Ya nos llevó la chingada pues tenemos puros pendejos al mando!  ¡No se hagan ilusiones!  ¡Son hombres muertos cabrones!  ¡Y todo para que ese viejo puto siga mangoneando!] 

--¡La nación se enorgullece de ustedes!  ¡Sois los hijos más valerosos de México! 

[¡Y ni intenten juyirse al monte porque los agarraremos y los fusilaremos de inmediato!] 

--¡Viva Porfirio Díaz!  ¡Mueran los que atentan contra las instituciones que han hecho de México lo que es hoy! 

[¡Que se pudra el viejo puto!  ¡Que chinguen a su madre el gobierno federal y los pendejos que nos comandan!] 

Gracias a Dios que termino la arenga.  Fue murmurando, con ojos desorbitados y muy pálidos que la tropa del 88 batallón se encaramo, resignados, sobre los vagones.  Tiempo después me entere de lo que Kemal Ataturk le había dicho a sus tropas en Galipoli cuando se les vinieron encima los ANZACs: “no estáis aquí para detener al enemigo sino para haceros matar y darle tiempo a nuestros refuerzos a que lleguen”.  Creo que Kemal fue más honesto que el coronel.  ¿Por qué dorarle la píldora a la tropa diciéndole zalamerías pendejas al estilo del coronel?  Domitilo hizo lo correcto, desde ese punto de vista, al decirle la verdad a la tropa, aunque el efecto fue brutal en nuestra moral. 

--Los veo muy callados Domitilo –observo el coronel. 

--Ansina son estos pinches indios, mi coronel.  El fervor patrio no les cabe en el pecho y no saben que decir.  Ya vide que ni hablan español.

Thursday, November 21, 2013

VII - Estación Ventura


Locomotora Cuata
 VII    Estación Ventura
Sí, soy hoy un anciano y hay mucho de confusión en mi mente cuando recuerdo todo esto.  Pienso que el ser humano no debería de vivir más allá de los cuarenta años.  Así no das lastima y tus recuerdos no te confunden.  A veces en mis sueños veo las caras de esos hombres armados.  Pero no sé cuáles son sus nombres.  Todos son, si, el mismo barro moreno y por sus uniformes, como en vida, me es difícil saber en qué bando están o a quien siguen.  Es por eso que he llegado a la conclusión que no había ninguna diferencia entre todos los infelices pendejos que nos andábamos matando entonces.
Había un frio de la chingada cuando salimos de Orizaba.  El 88 se encontraba hacinado arriba de los vagones de ferrocarril.  Dentro de estos viajaba la caballada, un par de cañoncitos, municiones, rifles, y otra impedimenta.  En un carro viajaba la oficialidad.  Pero los jefes –cabos y sargentos—también viajaban encima de los vagones.
Tal vez usted solamente ha viajado dentro de un camión o de un tren y no podría aquilatar lo que estábamos sufriendo pues caía una lluvia fría y soplaba un viento glacial que nos calaba hasta los huesos.  Los tristes uniformes de federal color mojón seco, el quepí juarista, y nuestros huaraches poco nos protegían de los elementos.  Nos acurrucábamos juntos para tratar de protegernos de la intemperie.  
Si, el glorioso 88 batallón de infantería era un conjunto de miserables –en su mayoría chamacos y ancianos-- que sentía como sus fuerzas se iban lentamente desvaneciendo con el frio.  Pronto, intuía, ya no tendríamos ánimo para seguir vivos.  Tal vez morir seria entonces una misericordia pensaba.
--¡A ver cabrones! –rugió el sargento Toribio--.  Tú, y tú, váyanse a la locomotora…si es esa chingadera que avienta humo…tráiganse leña…el maquinista se las dará…les enseñare como hacer una fogata aquí, sobre el vagón…no, pendejos, no se va a quemar el vagón…¡yo sé cómo hacerlo, carajos!
Muchas veces he recordado con agradecimiento como esos jefes se desvivieron por mantenernos vivos.  Si, era su deber, lo entiendo pero eso no cambia que sin su experiencia de soldados, que les había enseñado toda clase de mañas para sobrevivir, no estaría yo vivo.  No, no había nada de capas o impermeables, carajos, éramos el ejército mexicano y como siempre no teníamos ni una chingada.  Pero afortunadamente pronto había varias fogatas encima de los vagones junto a las cuales logramos medio restablecernos.
En Maltrata vide como engancharon una locomotora inmensa que llamaban “cuata”, poderosísimas, que era apenas la que podía jalar el convoy a través de esos declives.  Había, debo aclarar, siempre una nube de ceniza que nos caía desde la locomotora.  Años después aprendí, de boca del mismo Rodolfo Fierro, un ex garrotero, que el color del humo de esta te indicaba que tan eficiente era la combustión.  Si el humo no era muy negro la locomotora vencía con facilidad los obstáculos.  Pero si el humo se oscurecía notábamos como poco a poco íbamos subiendo velocidad.  Todo dependía de la pericia del maquinista en asegurarse que la locomotora operara a su máxima eficiencia.
La vía serpenteaba por entre la sierra y los acantilados le daban a uno tremendo vértigo.  En todos lados se veían evidencia de derrumbes.  La sierra era zona sísmica y era evidente que era un reto constante mantener la vía abierta.  A veces, al fondo de un acantilado, podíamos ver los restos de un convoy que se había desbarrancado.  Si hubiera un temblor, intuí, varios de los peñones gigantescos a nuestro alrededor se dejarían caer sobre el convoy.  
De vez en cuando entrabamos en un túnel y nos teníamos que pegar al techo del tren.  Era entonces cuando el humo de la locomotora nos sahumaba y salíamos tosiendo del túnel.  Había también lo que llamaban viaductos.  Estos eran túneles con una pared abierta, muy comunes en Suiza, con columnas puestas de ex profeso.  El humo no nos atormentaba tanto en estos.
El rancho fue minúsculo, apenas unos frijoles y unas tortillas tan viejas y duras que han de haber quedado de la expedición de Santa Anna a Texas.  Pero tal era mi hambre que comí ese miserable rancho con avidez.  Eso sí, seguí la consigna del sargento Toribio de comer lentamente, muy lentamente, para que el cuerpo creyera que era más el alimento.  Por supuesto, hacíamos nuestras necesidades ahí mismo, encima de los vagones.
Empezó a atardecer y la sierra parecía interminable.  Yo no tenía ni idea donde diablos estábamos pero a mi alrededor solo se alzaban montañas gigantescas, algunas nevadas.  No había casi vegetación, acaso unos tristes arbustos que lograban sobrevivir en esas rocas y abruptos ríos de lava congelada.  Seguramente, pensaba, he muerto y estoy en el infierno.  Este lugar, si, era el culo del mundo.
Los jefes nos despertaron.  Estaba a punto de amanecer.  A mi alrededor se oía un mar de tosidos.  El tren iba a paso de tortuga entre campos de magueyes.  Estábamos en el altiplano.
--¡Arriba cabrones! –juro Toribio--.  Voy a pasar lista.
Y comenzó a recitar una secuencia melancólica de puros Juanes y unos cuantos Guadalupes.
Un cabo se acercó a Toribio.
--El teniente quiere saber cuántos tienes.
--Dile que 42.  Hay seis enfermos.
En efecto, cuatro de los más ancianos de los “forzados” –eso propiamente éramos—apenas podían contestar y tampoco incorporarse.  Igual, dos chamacos estaban febriles y delirantes.
--Pos tienes suerte –dijo el cabo--.  A González ya se le anda muriendo la mitad.
Toribio sacudió la cabeza.  Eran menesteres del oficio.  Siempre habían pérdidas por la intemperie. 
--¡Escuchen cabrones! –Indico Toribio llamándonos la atención--.  Vamos llegando a Estación Ventura.  Ahí encontraran una cocina en la estación.  Pero antes vamos a tener que bajar a los enfermos.
En efecto, el tren se detuvo frente al andén.  Pero bajar a los enfermos del techo de los vagones no era fácil.  Fue a base de muchas mentadas y juramentos que logramos bajar a los enfermos sin que se rompieran ellos (o nosotros) la crisma.  Lo que habíamos aprendido, si, era una lección importante: solo si trabajábamos en equipo lograríamos sobrevivir.
Los jefes nos hicieron formar.  Afortunadamente estaba en la segunda fila.  No quería que Cervantes me fuera a ver.  Pero no, el capitán creo seguía emborrachándose en el carro de los oficiales.
El que si nos inspecciono fue un teniente muy jovencito, tal vez recién egresado del colegio militar.  Lo oí murmurar un “Dios santo” al observarnos.
--El problema, mi teniente –observo Toribio—no es tanto lo jodida que está esta gente.
--¿No lo es, sargento?  ¡Están de la chingada!
--Pos no, mi teniente.  El pedo es que la mitad trae 30-30 y la otra mitad mausers.
Los mausers eran el rifle standard en el ejército federal.  No sé de donde carajos les habían dotado de 30-30’s al 88.  En todos sentidos, el máuser era superior, por más que la gente le cante al 30-30.  El máuser tenía mayor alcance y el plomazo era más letal.
--Además, mi teniente –continuo Toribio--, pos en su triste vida han disparado un arma estos cabrones.  No meterán ni las manos cuando choquemos con los maderistas.
El teniente sacudió la cabeza.  Tenía mucho de razón Toribio.  El resto del convoy estaba igual armado con una mezcolanza de armas.  Carajos, ¡no me sorprendería que hubiera habido también unas morenas lichas de tiempos de la guerra de Texas en manos de algunos soldados del 88!
El coronel tomo cartas en el asunto.  Nunca supe por qué maldita razón el tren se había detenido.  Se rumoreaba que no partiríamos sino hasta el dia siguiente.  Separaron las armas.  Nuestra compañía, afortunadamente, se quedó con puros mausers.  Los jefes y oficiales aprovecharon la espera para entrenarnos.  Nos repartieron cinco cartuchos, no más.  Primero practicamos con el rifle descargado.  Finalmente nos dejaron disparar.  El blanco era una nopalera.  A la primera descarga esta ni se inmuto.  Nuestra puntería era de la chingada.
--¡Ah bola de pendejos!  --juro Toribio--.  ¡Alto el fuego bola de inútiles! 
Volvimos a practicar con el rifle descargado.  Los jefes, usando señas y mentadas de madre (lenguaje universal) les indicaban a los que no hablaban español como cargar el rifle y apuntar.
Para la quinta descarga logramos tumbar algunas pencas de la nopalera.  Pero ya no había más parque para usarlo en practicar.  Déjenme explicarles que en ese entonces no había ninguna fábrica de municiones en México.  Todo el parque venia de Europa o de Estados Unidos y entraba por Veracruz y de ahí se distribuía a todo el ejército.  
Por lo menos esa noche pudimos hacer vivaques al pie del convoy y no tuvimos que dormir arriba de este.  Si, había una cocina, pero lo que nos repartieron era lo mismo de siempre: frijoles y tortillas del tiempo de la Intervención Francesa.  Si acaso había tantito más de estas.
Los jefes recorrían el vivaque. Logre oír al sargento Toribio decirle entre con satisfacción y resignación al teniente:
--Por lo menos estos pobres pendejos ya dispararon sus rifles mi teniente.
--Bien, cuídelos sargento a ver si no se nos mueren más esta noche.
En efecto, los cuatro ancianos y uno de los chamacos que habían enfermado se habían muerto ya.  El chamaco que quedaba moriría al amanecer, cuando nos íbamos subiendo al tren.  Y si, dejamos a otros tres enfermos en Ventura. 
La máquina silbo y continuamos nuestra horrenda travesía hacia el norte.

Wednesday, November 20, 2013

VIII - El 20 de noviembre

Porfirio Díaz
VIII   El 20 de noviembre 

Chapultepec – domingo, 20 de noviembre de 1910 

Ramiro era un viejo sargento que había estado con Porfirio Díaz desde la Carbonera.  Ahora era el valet del dictador.  El viejo sargento nunca había tenido miedo cuando se enfrentaba a los zuavos.  Hoy, sin embargo, atisbaba con cuidado antes de entrar en el amplio corredor que llevaba a la recamara del presidente. 

Ramiro se persigno.  Luego recogió la charola de plata con una taza donde se observaba un líquido color chocolate.  Trémulo, el viejo sargento camino por el pasillo.  Estaba muy pálido. 

Una voz femenina lo increpo. 

--¡Ramiro! 

El corazón del viejo soldado dio un vuelco.  Sus manos amenazaban con temblar.  Si dejaba caer la charola seria el acabose.   

Suspirando y tratando de mantener la entereza Ramiro se volteo hacia donde había venido la voz. 

--Maldita vieja –pensó Ramiro muy pero muy para sus adentros--.  Me flanqueo como si hubiera sido gente de leva. 

Una mujer alta, elegantemente vestida, ya grande lo observaba con un dejo de altivez que era imposible de ocultar.  Era tan solo las siete de la mañana pero la mujer ya estaba enchongada y enjoyada. 

--Señora, usted dirá, señora –respondió Ramiro dándole una leve inclinación a doña Carmen Romero Rubio de Díaz, la esposa del presidente. 

--¿Qué llevas ahí? 

Era lo mismo que había llevado por los últimos treinta años a la recamara del presidente. 

--El champurrado para el señor general, señora. 

La mujer suspiro y vio con cierto asco el líquido. 

--Digne de un pesant –dijo con desdén la mujer.

Ramiro no entendió lo que había dicho la mujer pero el tono era obvio. 

--Es lo que ordeno mi general, señora. 

La mujer suspiro. 

--Bien, en avant, en avant –dijo indicándole que continuara. 

Ramiro encontró al viejo ya despierto y meando en su bacinica.  Ramiro le dio el saludo militar y el viejo –una vez que acabo—se lo contesto. 

--Buenos días, mi general.  Le traje su champurrado. 

--¿Te embosco mi vieja? –pregunto el dictador de México. 

--Doña Carmen me embosco como a un infeliz chamaco de leva, mi general.  Pero no acepto mi rendición y me dejo llegar a darle a usted el parte de mi derrota. 

El viejo se rio quedamente.   

--Las armas champurradas se han cubierto de vergüenza, Ramiro.   

Si por su esposa fuera el dictador desayunaría crepas y otras “mugres francesas”. 

--Pos si me quiere fusilar mi general pos estoy a sus órdenes. 

El dictador se rio.  En todos esos años doña Carmen no había fallado en emboscar y darle un susto de alguna manera a Ramiro.  Era ya una especie de ritual mañanero. 

Ramiro puso el champurrado en la mesita donde lo había hecho por los últimos treinta años.  Solo había una sola cama en la habitación.  Doña Carmen tenía su propia habitación. 

El viejo observaba desde una ventana el amplio patio del Castillo. 

--Hoy es domingo mi general. 

--Correcto, Ramiro.   

--Vendrán por usted en veinte minutos.  

--Pues comencemos –indico el dictador. 

Acto seguido la ceremonia dominical se inició.  No había necesidad de rasurarlo pues Ramiro lo había hecho la noche anterior.  De todas maneras le pasó rápido la navaja para que no hubiera un pelo de más en la barba.   Y corto lo necesario del bigotazo.  El viejo mientras miraba impasible a un espejo. 

Luego Ramiro le quito el camisón de vestir y el viejo quedo en calzoncillos.  Ramiro lo ayudo a ponerse unos pantalones de caballería.  No, no eran jodphurs, esos el viejo decía eran para putos.  Estos eran los duraderos pantalones de un lancero de la caballería mexicana, aunque sin los adornos y filigranas que los chinacos acostumbraban.  Una camiseta, blanca, siguió.  Y luego la casaca, igual, la que portaría un simple un soldado de caballería.  Las ropas, sin embargo, habían sido hechas a la medida pues el viejo ya estaba panzón.  Finalmente siguieron las botas con espuelas.  Esto fue lo más problemático pero se logró eventualmente.  Ramiro le paso un sombrero, amplio, pero no tanto como el de un charro. 

El viejo se contempló en el espejo.  Ramiro le paso un pesado reloj con una cadena.  El viejo lo abrió y lo reviso. 

--Vamos, me quedan cinco minutos –dijo el viejo. 

Acto seguido el dictador agarro el champurrado y se lo tomo todo de un sorbo. 

Seguido de Ramiro el dictador se encamino por el amplio corredor donde doña Carmen había emboscado al sargento.  El dictador emergió en una amplia explanada.  Dos tenientes del estado mayor presidencial saludaron al verlo.  En medio de ellos había una yeguota negra.  Portaba una hermosa silla hecha con cuero español. 

Don Porfirio contesto su saludo. 

--¿Cómo está la Tomasa? 

--Esta presta, mi general 

Ramiro produjo un banquito y los dos tenientes ayudaron al dictador a subirse trabajosamente en la yegua.  El viejo agarro las riendas que Ramiro le pasó.  Por un momento el viejo sargento observo una sonrisa lupina en el anciano.  Los dos oficiales a su vez montaron ágilmente sobre sus caballos. 

--Vámonos, señores –indico el dictador iniciando así su recorrido dominical. 

Desde un amplio ventanal tres hombres observaban la escena.  Uno era Limantour, el secretario de hacienda.  Uno era el generalote del pelo cortado a cepillo con la cicatriz que le hizo un zuavo que encontramos ya antes, cuando se condenó a Cervantes.  Era el secretario de guerra.  El tercero era el secretario de gobernación. 

Los tres hombres observaban la escena sin decir palabra.  Una vez que el dictador hizo caminar lentamente su yegua los tres dejaron salir un suspiro de alivio.   

--Ay Dios mío –dijo quedamente el de gobernación. 

--Si se cae las consecuencias serían inimaginables –dijo Limantour secándose el sudor con un elegante pañuelo de seda. 

--Despreocúpense señores, le dije a esos dos oficiales que si el presidente se luxaba siquiera un tobillo los haría fusilar –indico el generalote--.  Además, la Tomasa esta ya rete vieja.  No va a desbocarse.  No sé si esa yegua lograra llegar a fin de año. 

--El régimen no llegaría al fin del año si don Porfirio se rompe la crisma –indico Limantour. 

--Pues yo no voy a ser quien le diga que no monte los domingos –contesto el generalote--.  Si ni doña Carmen se lo prohíbe pos yo menos.
 

Limantour suspiro.  El general tenía razón.  Hay cosas, pensó, que están fuera del control del secretario de hacienda de México.   

--Bien, señores, por favor, comencemos –indico Limantour. 

Los tres se sentaron alrededor de una elegante mesa de acuerdos.  Un gran mapa de la república mexicana se encontraba colgado en una pared.  Tanto Limantour como el general voltearon a ver al de gobernación.  Este se paró frente al mapa de la república. 

--¿Y bien, licenciado? –pregunto Limantour--.  Hoy es el día. 

El de gobernación sonrió y abrió los brazos. 

--Pues si –contesto el de gobernación--. Hoy es veinte de noviembre… ¡y no hay nada! 

--¿Cómo que nada? –pregunto Limantour con escepticismo. ¡Mon Dieu!  ¡Tiene que haber algo! 

--Precisamente lo que digo –insistió el de gobernación--.  No me ha llegado ningún reporte de alzamiento hasta ahora.  La republica está tranquila.  Más de preocupar es si la Tomasa se encabrita o no. 

--Bueno, apenas son…cerca de las ocho de la mañana –observo el generalote--.  Ese fulano Madero había indicado que la bola la iniciaría a las seis de la tarde. 

--Yo pienso que es una hora muy civilizada para comenzar una revuelta –sonrió el de gobernación--.  Ya viden que el cura Hidalgo dicen que anduvo levantando a la gente en Dolores a las tres de la mañana.  ¿A quién chingaos se le ocurre iniciar algo a esa maldita hora?

--Oui –asintió Limantour--.  Las seis de la tarde serian justo después del té que toman los ingleses.  Madero es todo un gentleman, hay que reconocérselo. 

--Señores –interrumpió el generalote--, no creo a Madero tan pendejo de no iniciar algo de antemano. Digo, ¿a quién se le ocurre dar la fecha y hora para hacer un alzamiento? 

--Pues insisto, general –dijo el de gobernación--, hasta ahora no me ha llegado nada, absolutamente nada.  No hay ningún reporte de balaceras o sublevaciones o cuartelazos o que se yo. 

En eso se oyó un toquido.  Los tres hombres callaron y un oficial del EMP entrego un parte al generalote y salió. 

Limantour y el de gobernación observaban con expectativa mientras el general leía el parte. 

--Pos reportan una balacera –dijo el general. 

--¿Dónde? –se apresuraron a preguntar Limantour y el de gobernación. 

--Congregación Nopales. 

--¿Dónde diablos es eso? –pregunto el de gobernación escudriñando con una lupa el mapa de la república. 

--Creo que es Coahuila –indico el generalote--.  Creo que había un congal ahí cuando era yo teniente.  No lo pude visitar pero dicen los que fueron que valía la pena. 

Limantour hizo un gesto de asco al oír las memorias del militar. 

--¿No es por Durango? –contesto el de gobernación con escepticismo. 

--¿O acaso es Sonora? –pregunto Limantour--.  Hay agroindustrias muy vulnerables ahí.  Si un inversionista es atacado las consecuencias serían desastrosas. 

Por la siguiente hora los tres hombres escudriñaron con avidez el mapa de la república.  El parte había sido escueto, tan escueto que ni siquiera se indicaba dónde diablos estaba Congregación Nopales.  El generalote le puso una regañiza al oficial de comunicaciones y pronto las líneas telegráficas se saturaron pidiendo más información.   

El departamento topográfico del ejército fue movilizado.  Varios de sus oficiales acudieron de urgencia a Chapultepec echando pestes porque su domingo se había arruinado.  Pero a toda costa tenía el gobierno que saber dónde diablos estaba Congregación Nopales (o la Nopalera o Nopatitlan de Juárez o San Miguel Nopalostoc, los nombres empezaron a cambiar conforme avanzaba el día). 

--¿Y a todo esto –pregunto Limantour—en que consistió la balacera?  ¿Hubo muertos?  ¿Cuántos? 

--No dice nada el parte, carajos –respondió el generalote que ya meditaba fusilar a unos cuantos telegrafistas para que se les quitara lo pendejos al resto--.  Solo que hubo una balacera en Congregación Nopales o como carajos se llame el lugar y que unos sombrerudos fueron rechazados.  Firma un tal Martínez.  ¡Imagínense identificar a un Martínez en México!  ¡Puta madre! 

En eso los tres hombres oyeron los pasos de unos caballos regresando al amplio patio del castillo.  De inmediato los tres se dirigieron al ventanal.  Don Porfirio se mantenía erecto en la silla sobre la Tomasa.  A su lado los l dos oficiales habían desmontado y se preparaban para ayudarlo a bajarse.  Ramiro ya había producido el banco requerido. 

--Señores –dijo quedamente Limantour—aparentemente lo de Madero fue una llamarada de petate.  Don Porfirio sigue firmemente en la silla. 

El dictador se apeó sin problemas de la yegua y se dirigió hacia sus habitaciones seguido de cerca por Ramiro. 

--¿Emitirá usted los bonos entonces don Yvo? –pregunto el de gobernación. 

--Creo que no tengo remedio.  Mañana haremos la subasta semanal del papel del gobierno como siempre.  Sería peor si no lo hiciéramos.  El mercado reaccionaria desfavorablemente.  Es mejor que se vea que el gobierno opera sin novedad. 

En efecto, ese veinte de noviembre pos no pasó nada.  Ninguno de los clubes maderistas se alzó, ni antes de las seis de la tarde ni después durante ese día 20.  Pero lo que no se sabía, lo que no se evidenciaba en el telégrafo pues en muchos lugares no había alambre (llamado también “la hebra”) era que en cientos de lugares había pequeñas sublevaciones, ajustes de cuentas contra un edil prepotente, asaltos a una hacienda, balaceras, etc.  Y esto había empezado a ocurrir en casi toda la república.  La revolución había comenzado, si, y no era la revolución de burguesitos miembros de los clubes maderistas que esperaba Francisco sino la de los sombrerudos en la campiña.