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Maria Felix - La Doña |
Yo
no tengo televisión. Antes si iba al
cine. Pero no, no tengo televisión. Ni pienso comprarme una para ver las disque
olimpiadas y ver unos cabrones en calzoncillos corriendo. Por decir eso, y por ser viejo y loco, creo
que me ven con recelo los vecinos. Doña
Lupita, sin embargo, siempre ha sido buena gente conmigo. De vez en cuando me invitan a “ver la tele”. Esta noche estoy en el sofá entre sus dos
chamacos, Rosita y Serafín chico. El
marido de doña Lupita, un fulano que trabaja en hacienda, me ofrece una
cerveza.
--Muchas
gracias, don Serafín –le digo aceptando con gusto.
--Quesque
en esta película sale la doña en cueros –se ríe doña Lupita.
--No
sé cómo se atreverían a sacar eso en la televisión –contesta don Serafín que es
medio persignado--. Niños, váyanse a su
cama mejor. Esta película es para
adultos.
Los
niños se van y quedamos solo los adultos.
Empieza una película que llaman la Cucaracha.
--¿Así
fue la revolución entonces, mi general? –me pregunta doña Lupita.
Lo
que vide no me impresiona. Tampoco me
encabrona. Es solo una película. Nunca podría esta incluir el olor de un
campamento lleno de gente que no se ha bañado en semanas. Y en las películas los muertos gritan y se
caen y se quedan quietecitos. No veo a
ningún infeliz con la panza abierta en canal tratándose de meter los intestinos
al buche. En fin, es una película.
¿Cómo
podría una película reflejar lo que fue una revolución? Tuve la ocasión de preguntárselo al mismo
Eisenstein cuando andaba filmando indios en México. Y él mismo ruso me admitió que no, que las
sombras esas que el captaba eran tan solo esbozos de la realidad. Y si el cine no puede, dudo que estas letras
lo puedan hacer.
--Si
pues –contesto guturalmente, tratando de imitar el hablar del Indio Fernández.
--Pura
mortandad, ¿y para qué? –dice con mala gana don Serafín.
No
le discuto al hombre. Tiene algo de razón. Pocos entre los infelices pendejos que nos andábamos
matando sabían por qué chingaos lo hacían.
Pero si había algunos, como mi tío, que le entraban a la bola por convicción
y amor a México. Mientras esos hombres quedaban
con vida la bola seguía y seguía pues no iban a tolerar ninguna tiranía y de
inmediato tomaban las armas. Una vez que
se acabaron esos hombres todo se fue a la chingada. Luego lo que el gobierno hacia era asegurarse
de que se ajusticiara al cabrón que surgía que era de huevos y rebelde. Yo lo sé bien. Mate a varios de ellos por orden del gobierno
federal. Esto era lo que se llamaba “mantener
la paz social”.
--Si
pues, don Serafín, pura mortandad a lo pendejo –vuelvo a decir con el dejo del
Indio Fernández. Digo, es lo que estas buenas
gentes esperaban de mí. ¿Por qué desilusionarlos? Soy un fantasma viviente nada más. La revolución para ellos no es más que una
avenida o una película de la doña.
Finalmente
sale la escena de la doña encuerada.
Bueno, solo la muestran de espalda.
Ni muestra las tetas. Admito que
me hubiera gustado ver a la doña encuerada aun si luego Brígida me hubiera
regañado.
Ciudad
Juárez, finales de abril de 1911
En
el patio del cuartel del 14 hay un carajal de indios encuerados. Los maderistas separaron a la tropa de la
oficialidad. A los primeros nos
encueraron y nos hicieron marchar así por la ciudad humillándonos y acabamos
refundidos en el patio del cuartel mencionado.
A la oficialidad Madero se encargó que no los tocaran (algunos de su
gente, especialmente los magonistas, los querían fusilar) y los tenían albergados
en casas particulares habiendo dado su palabra de honor de no escaparse.
Pronto
empezaron los banquetes en celebración de la paz donde los mandos maderistas
invitaban a los oficiales federales y se brindaba con champaña. El capitán Cervantes, por supuesto, estaba en
su elemento. La convivialidad y
caballerosidad en esos banquetes era similar a los que se celebraban después de
una partida de polo en el Jockey Club en la Ciudad de México. Y claro, nadie mencionaba a los muertos de
ambos bandos que ya se pudrían en las fosas comunes.
El
sargento Toribio maldijo y se sentó junto a una pared del patio del cuartel. A su alrededor nos acurrucamos –en pelotas—los
diez infelices que quedábamos del 88.
--Todos
esos cabrones son del 20 de infantería –observo Toribio--. Se quebraron luego luego me dicen.
--¿Nos
van a fusilar sargento?
--Es
lo que yo haría con esos cabrones, por coyones, y con nosotros, por pendejos –se
rio el soldadote--. Es más, creo que ya
vienen a darnos de plomazos.
Fue
entonces la primera vez que vide a Pancho Villa. El centauro entro escoltado por veinte de sus
hombres. Todos sus escoltas traían el
cartucho cortado. Los prisioneros callaron
sus quejas y charla de pronto. Se podía oír
la caída de un alfiler.
--Señores,
soy el coronel Villa –anuncio el centauro--.
Levanten la mano los que son jefes.
Ninguno
lo hizo. Toribio, sin embargo, se paró
sin mostrar vergüenza de sus desnudeces.
--Señor
coronel, soy el sargento Toribio.
--Ah,
muy bien, sargento. ¿Y el resto? ¿O a
poco los federales no tenían jefes?
Era
como preguntar si en el viejo ejército federal no habían hombres. Eso calo.
Siguiendo
el ejemplo de Toribio, unos cuantos más se pararon. Algo aprendí con los años y es que el valor,
igual que el miedo, se contagia.
--Si
nos va a matar –le dijo Toribio a Villa--, pos de una vez hágalo señor. Pero sepa que la mayoría de esta gente son puros chamacos de
leva.
Villa
sonrió.
--No,
muchachito, no se trata de morir –explico--.
Afuera tengo unas carretas con pan y ropas. Usted, sargento Toribio, queda al mando y me
responde de organizar el reparto de esa impedimenta y vituallas. ¿Entiende?
Unas
cuantas semanas me hacinaba yo con otros soldados federales en un tren que nos
llevaba al sur. No les relatare otra vez
la chinga que era viajar encima de un vagón.
Por lo menos ya no había frio.
Eso sí, nos llovió todo el puto camino hasta la ciudad de México. Yo y los otros diez que quedábamos del 88 seguíamos
a las órdenes de Toribio.
En
Ciudad Juárez un hombrón bien plantado observaba a un grupo de hombres armados
frente a la estación del tren.
--¿Estos
son todos, maestro? –le pregunto José Inés Salazar a mi tío.
--Si,
compañero. Son 250. Todavía hay algunos convalecientes.
José
Inés Salazar camino entre las filas reconociendo a varios de los hombres que lo
saludaban con el puño en alto. Salazar
era magonista de antaño y se le respetaba mucho entre las filas de los “colorados”.
--No
tenemos mucho parque –explico mi tío--.
Madero no nos ha querido suplir.
Salazar
se plantó frente a los hombres.
--Vámonos
a Casas Grandes, compañeros –dijo José Inés Salazar--. Yo soy de ese rumbo y conozco a la gente ahí. Aquí no tenemos más que hacer. Madero se va a arreglar con los oligarcas y
la revolución va a valer una chingada.
En Casas Grandes nos podemos reorganizar y hacernos fuertes. La bola va a seguir, se los aseguro. Y no, no hicimos la revolución para que se
turne otro pendejo en la silla.
Los
magonistas respondieron positivamente.
Eran todos hombres dedicados enteramente a la causa de la revolución. Pero mi tío vacilo. Llevaba meses sin ver a su familia en
Veracruz. Quedamente le pregunto a
Salazar.
--¿Vamos
a seguir alzados entonces?
--Por
lo menos juntemos armas y parque y gente, Francisco –explico Salazar--. Haremos de Casas Grandes nuestra base de
operaciones. Creo que Madero se hará de
la silla y luego se vendrá en contra de nosotros. La nuestra es la verdadera revolución. No le conviene a los oligarcas que sigamos en
pie de guerra.
--¿Y
Orozco se nos unirá?
--Probablemente,
compañero –contesto Salazar--. ¿Qué dice
maestro? ¿Sigue conmigo?
Mi
tío suspiro.
--Si
pues –contesto mi tío emulando al Indio Fernández--. De lo contrario tanta de nuestra gente habría
muerto en vano.
La
locomotora silbo. Los magonistas se
apresuraron a subirse al tren rumbo a Casas Grandes. El conductor los observaba con cuidado.
--Bueno,
por lo menos no creo que ningún sombrerudo nos ataque –le dijo Rodolfo Fierro,
el conductor, al maquinista--. Esos
cabrones se ven muy broncos. Ni quien se
meta con ellos.
--Pos
usted ordene, don Rodolfo –le contesto el maquinista.
Fierro
bajo y camino a lo largo de la locomotora.
Por lo menos, pensó, no era la cafetera desvencijada que había tenido
antes. La máquina era, observo, una
consolidation 2-8-0 construida por Baldwin.
No tendría más de unos cinco años.
--Que
chulada de máquina –dijo Fierro observando el número de esta: 370.
--Con
tal de que haya agua en los tanques en la ruta de aquí a Casas Grandes no
tendremos problema –explico el maquinista--.
La 370 puede con este convoy y hasta con más.
Fierro
alzo el silbato a su boca y ordeno en voz clara y fuerte: ¡Vámonos!
Esa
noche hubo otro banquete. Presidia
Madero. A su lado estaba sentado el
general federal, Navarro. Francisco
Villa se encontraba sentado frente al capitán Cervantes. Habían cruzado miradas brevemente. Cervantes no se atrevió a hacerlo dos
veces. La sangre se le había helado al
ver los ojos de Villa. Eran los ojos muertos de un tiburon.
--Brinde
usted mi coronel –le pidió Gustavo Madero a Villa.
--Me
perdonara usted, don Gustavo –contesto Villa--.
Yo no tomo.
--Ándele,
caporal –dijo Madero que así le llamaba al centauro--, por lo menos diga algo.
A
regañadientes, Villa se paró.
--Señor
Madero, con todo respeto, yo no soy hombre letrado –comenzó Villa--. Usted sabe la clase de vida que he
llevado. Para nadie es secreto y no
niego lo que soy, fui, o he hecho. Y en
base a lo que he aprendido en las andadas es que me atrevo a darle,
respetuosamente, un consejo. Si usted no
quiere que todos estos amigos lo traicionen lo mejor sería que los mandara
fusilar de una vez. Es todo lo que tengo
que decirle. Y ahora, con su permiso,
señores, me retiro, pues la cena me ha caído mal en el estómago y la bilis se
me ha derramado.
Nadie
de los comensales dijo palabra alguna mientras se retiraba el centauro. Algunos de los presentes estaban morados de
coraje. Madero estaba muy pálido. El capitán Cervantes sudaba frio. El único que tenía un esbozo de sonrisa era
Gustavo Madero.
Chapultepec
El
sargento Ramiro entro en la habitación del dictador. En sus manos estaba la charola con el
champurrado. El anciano se encontraba ya
de pie.
--Buenos
días, mi general.
--Buenas,
Ramiro. Me temo que este arroz ya se coció. ¿Viste a doña Carmen?
--No
me hablo esta mañana.
--Ha
de andar empacando.
--En
eso andan, mi general. Tengo una tropa
del estado mayor que vendrá a empacar aquí también.
--Ah,
bien, encárgate tú. Solo te encargo la
silla.
--¿La
silla mi general?
--Si,
la de montar, la de cuero español. Esa
me la dio el indio aquel que andaba de chinaco, ¿te acuerdas?
--Ah,
sí, mi general, el tal Sostenes.
--Ese
mero. Me gusta mucho esa silla. Es la única que realmente vale la pena. Es muy suavecita. Asegúrate de empacármela. Lo que resta aquí, me vale madre.
--Seguro
le permitirán montar allá en Paris.
--Ojala. Pinches gabachos, ya ves como son los
cabrones.
Para
las seis de la tarde el cortejo presidencial había llegado a la estación de
Buenavista en medio del chipi chipi. En
el andén había una horda de políticos, militares, y mirones, incluyendo a
Ramiro, este logro atraer la atención del dictador y le indico que la silla de
cuero español estaba ya abordo.
Una banda de música empezó a tocar las golondrinas.
--Puta
madre –murmuro el dictador en voz baja al oír la música, no sabía si mantendría
la entereza.
--Señor
presidente –dijo un fulano elegante aproximándose.
--Ah,
señor de la Barra, ya no soy tal, usted es el presidente –contesto el dictador.
--Siempre
estaré a sus órdenes, señor general.
--¿Cuándo
sale el tren? –pregunto doña Carmen, la cual estaba toda nerviosa no fueran a
balacearlos los maderistas.
--Ya
mero, mujer –le contesto hoscamente el dictador.
--Señor
general, mi gobierno le ofrece toda clase de garantías –afirmo un fulano
igualmente elegante con la rayita en medio de la cabeza.
--Señor
embajador –contesto Díaz reconociendo al embajador de EEUU Henry Lane Wilson--,
le agradezco su gentileza pero no veo ni quisiera tener escolta yanqui para salir
de México. Y no, no me dirigiré a su país,
ciertamente que no.
--Despreocúpese,
señor general –dijo de la Barra--. El
tren tendrá buena escolta.
--Señor
general, yo estoy al mando –dijo un militar saludando.
El
fulano era un tipo de mirar duro, de lentes, pelón, aindiado.
--Y
usted, ¿Quién es? –pregunto Díaz.
--Brigadier
Victoriano Huerta, mi general.
Díaz
lo observo con cuidado.
--¿Con
que escolta cuenta brigadier?
--Tengo
gente del 29 batallón de Blanquet, de la escuela de aspirantes, y un piquete de
rurales.
--¿El
29? ¿No iba al norte?
--Hubo
contra orden, mi general –explico Huerta.
--Señor
de la Barra –índico Díaz--, si este brigadier me hace llegar con bien a Veracruz
a mí y a mi familia asegúrese de ayudarlo.
¿Entiende?
--Así
hare, señor general.
La
máquina silbo.
--Vámonos
ya Porfirio –dijo doña Carmen toda nerviosa.
Díaz
le dio un último vistazo a la estación y sus ojos se cruzaron con Ramiro. Este se cuadro y lo saludo. Acto seguido el dictador y su sequito
abordaron los vagones y el convoy empezó a caminar.
En
uno de los vagones del convoy Francisco Cárdenas, el rural, abrazaba a la
Grilla.
--Ya
estamos en camino, viejita.
--¿Crees
que lleguemos con vida, Francisco?
--Cálmate
mujer –el rural la sentía temblar--. Nadie
detiene a este convoy. Conozco a
Huerta. Es todo un hijo de la gran puta.
--Tengo
miedo Francisco –le imploro La Grilla--.
No me dejes sola.
--Que
te digo que todo saldrá bien –insistió el rural hablándole con ternura--. Mira, al ratón voy al vagón de equipaje. Esa vieja estirada de doña Carmen tiene como
treinta baúles ahí. Conozco al sargento
a cargo. Veré si puedo hacerle algún trapo
perdidizo para que tú lo portes.
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