XVII. Tristes Jardines
![]() |
Bernardo Reyes |
México, DF –
finales de septiembre de 1968
Frente a mí se
encuentra la catrina. Esta toda
ajuareada cual la grabo Posadas y luego la pinto Diego. Me tomo otro trago del cognac. En sus labios descarnados intuyo una ligera
sonrisa. Me muestra su carnet. Se lo que tengo que hacer.
--Señora –digo
tomándola de la mano y dándole un handkuss vienes pasable (digo, soy mexicano y
no hay carne que besar en esa mano huesuda) — ¿me haría usted el honor de
bailar esta pieza conmigo?
Y ella sonríe (o
por lo menos creo que tal hace) y se levanta y la tomo de la mano y comenzamos
a bailar. Es, por supuesto, muy
ligerita. Y saben, he visto tantas cosas
horrendas que su cara no me es repulsiva ni me causa horror. Vamos, si bebiera más del cognac seguro que
me atrevo hasta a robarle un beso. Y
mientras la música del Faisán sigue acompañando a un barítono:
“…y exclamo por
piedad quiero ser…a sus pies arroyo de cristal…así podre yo besar a la ingrata
beldad que no supo querer…y en mi tenaz gorjear con murmullos de amor mi penar
le diré…”
Me pierdo. No hay ya apartamento ni vientecillo preñado
de lluvia ni bailo con la catrina. Estoy
frente a la plaza de la constitución, junto a la puerta Mariana. Alcanzo a ver a mí alrededor. Somos como 50. El barbiquejo del quepí me causa una comezón
de la chingada. Pero me aguanto las
ganas de rascarme. Mi mano se posa sobre
un Mauser. El sargento Toribio está
sentado detrás de una Maxim y Arévalo esta de su ayudante, dispuesto a
alimentar la ametralladora. Un
generalote gordo y con un tupido bigote y barba camina frente a nosotros y nos
ve con ojos de energúmeno. Trae en sus
manos una 45. La plaza esta vacía.
--¡Un grupo de
traidores se han alzado contra el gobierno del señor Madero! –exclama el
generalote--. ¡Y dicen que están
atrincherados en la ciudadela! ¡Pero eso
a mí me importa una chingada! ¡Mis órdenes
son sostenerme aquí en palacio nacional!
¡Y les advierto que el primer cabrón que se pronuncie me lo quebró! ¿Entienden cabrones?
--¡General
Villar! –exclama un teniente--. Se
aproximan unos rebeldes.
En efecto, un
jinete acompañado de un sequito a pie había entrado a la plaza y se dirigía
hacia palacio nacional. El jinete porta
una bandera nacional.
--¡Es el general
Reyes! –exclamo Villar--. ¡No disparen!
Estoy consciente
que estoy alucinando pues oigo a un cilindrero tocando “Sobre Las Olas”. Levanto mi vista y el cielo es brillante y
despejado y la plaza se llena de luz y parece estar chapeada en oro. Y entonces veo otra vez a la Catrina sonreír
y seguimos bailando…bailando…
Vuelvo a la
puerta Mariana. Tengo al jinete
encañonado con mi Mauser. Oigo “Tristes
Jardines” y la dulzura de la música contrasta con la incongruencia de la muerte
que podría aplicar.
El jinete se
detiene a 30 pasos de la Puerta Mariana.
Esta acompañado de unos oficialitos elegantes. Lo reconozco.
Es el general Bernardo Reyes, un hombre ya anciano pero de porte recio y
formidable. Reyes se quita el sombrero y saluda
elegantemente. Luego creo adivinar una
sintonía. Reyes parece que levanta los
ojos al cielo y sonríe. Sí, estamos en
sintonía. Reyes también oye la
música. Y si uno oye esa música, tan hermosa,
tan divina, ¿Qué importa lo que ocurra aquí en la tierra? Estamos los dos más allá del bien y del mal,
en la antesala de la eternidad. ¿Por qué
temer entonces a la muerte?
--¿Qué diablos
quieres Bernardo? –pregunta Villar.
Reyes vuelve a sonreír.
--¡Que magnifica
orquesta, ¿no crees, Lauro? –contesta Reyes.
--Te vuelvo a
preguntar, Bernardo, ¿Qué diablos quieres aquí? –insiste Villar.
Y una extraña
euforia me embarga también. ¿Cuándo es
matar, matar? ¿Importa matar oyendo esta
música?
--¿Qué que
quiero, Lauro? Ah, pues que me entregues
palacio nacional –contesta Reyes sonriendo.
Y por alguna
extraña razón intuyo que está interpretando un papel, como un actor que tiene
que decir esas líneas en un escenario teatral.
Villar lo apunta
con su pistola. Ah, también lo intuyo,
Villar es tan solo otro actor. Hasta
tengo ganas de aplaudirles y decirles ¡bravo!
--¡Ríndete
Bernardo o te mato!
--¡Válgame Dios que
no me rindo!
--¡Si no te
rindes te matamos!
--¿No oyes
Lauro? ¡Que quiero morir con esa música!
Ah, pero por favor, ten, toma esta bandera. Si me vas a matar esta caerá al suelo. Y se bien que ni tu ni yo queremos que eso
ocurra. Guárdala como un recuerdo mío.
Reyes beso la
bandera y la ofreció. Villar hizo una señal
y uno de sus soldados agarro la bandera. Reyes mientras tenía los ojos entrecerrados. Entregar la bandera era como entregar la
vida. Ahora solo importaba la música. Y con elegantes ademanes parecía que Bernardo
Reyes dirigía la orquesta.
--Bien, ahora sí
estoy a tu disposición, Lauro –dijo Reyes--.
Vámonos matando.
--¡Insisto,
Bernardo, si no te rindes te mato!
--¡Pues que las
balas me den de frente, Lauro!
Y yo, que oía
todo, oí la melodía llegar a su crescendo y supe que era lo que esperaba Reyes.
Reyes saco su
pistola. Pero Villar dio la orden y
Reyes no alcanzo a soltar un tiro.
Empezamos a dispararle. La música
en mi mente ahogaba el ruido de la balacera, de la Maxim que el sargento
Toribio vaciaba sin vacilación sobre el sequito de los alzados, de los
relinchos horribles del cuaco de Reyes, de los gritos de los oficialitos que se
retorcían mientras los cocíamos de plomo.
--¡Alto el
fuego! –ordeno Villar.
Y ahí frente a
la puerta Mariana estaban bien muertos, cocidos a balazos, Reyes y su sequito.
--¡Carajos! –exclamo
Toribio--. ¡Tan chulo cuaco!
--¡Viejo
pendejo! –exclamo Villar a manera de epitafio mientras vomitaba.
L La música seguía
resonando en mi mente. Era ahora “Viva
mi Desgracia” lo que se me hizo casi chusco. Me acerque al grupo de muertos. Se había formado un gran charco de
sangre. Reyes estaba tirado, boca arriba,
sobre la loza de la plaza. Las balas lo habían
aventado unos metros atrás de su caballo. Una o más balas le habían volado parte del cráneo.
El uniforme estaba todo agujereado y
ensangrentado. Toribio estaba junto a mí.
--Mira Manuel –dijo
el sargento--. ¡Que chulada de botas
federicas trae el viejo!
En efecto eran
unas botas magnificas, con espuelas de plata.
Vide fijamente a
Reyes. Creí adivinar una sonrisa en sus
labios. Si, habíamos estado en sintonía él
y yo. ¿Realmente lo llene de plomo mi
general? ¿O somos acaso marionetas
interpretando un papel una y otra vez por toda la eternidad para entretener a
una deidad que se aburre? Morir o matar no
importa si se oye esa música, ¿verdad don Bernardo?
--Échame aguas,
Manuel –dijo Toribio.
Mire a la Puerta
Mariana. Villar no se veía. Los otros soldados estaban fumando tranquilos
y preparaban su café. Si, les importaba
un cacahuate el sequito de muertos en medio de la plaza. ¿Qué más les da un muerto más o un muerto
menos a los soldados? Su papel en la
obra es tan solo escenográfico. No
tienen líneas. Nadie recordara sus diálogos. Y si, era evidente el desdén de esos juanes a
los muertos. Sobre todo porque
difuntitos habían muerto tan a lo pendejo. No, no había entre nosotros los soldados miedo
a la muerte, solo a morir a lo pendejo. Digo,
¿Qué clase de papel puede uno hacer uno si al final mueres a lo pendejo?
--Píquele mi
sargento –le dije.
Y así fue como el
sargento Toribio le quito las botas al cadáver del general Bernardo Reyes.
No comments:
Post a Comment