Wednesday, October 30, 2013

XXV. El Cigarrero

XXV. El Cigarrero
La Bufa

Nosotros integrábamos la primera compañía del noveno regimiento.   Aparte de nosotros, el resto del regimiento consistía de indígenas chamulas que el gobierno había levantado de leva.  Por supuesto, no sabían ni madres de español. 

El sargento Toribio era nuestro jefe inmediato, y estaba nominalmente bajo las órdenes de un teniente, un tal Arturo Zamudio, que era un muchachito recién egresado del colegio militar y que tal vez tendría mi edad.  Sin embargo el tenientito ese se las daba de muy prusiano y siempre andaba muy prendidito y tenía un genio de la chingada y trataba a la tropa como animales.  Luego, más hombre, aprendí que lo que personas como Zamudio lo que tratan de disimular era su inseguridad y si, miedo.  Digo, ¿quién chingaos es tan pendejo de no tener miedo si se va a entrar en combate?

--¡Hagan esas trincheras mas profundas! –ordenaba el tenientito--.  Acuérdense que están en el puesto de honor.

Mentando quedamente nos avocamos a cavar más.  La tierra estaba muy dura y era muy pedregosa.  Estábamos en el cerro del Cigarrero, un cono parasítico de la bufa.  En nuestro cerro aún se podía adivinar una hondonada que alguna vez había sido su cráter.  Ahí se había construido un reducto estilo bunker donde estaba el grupo de mando.  Varias veces había visto a Cárdenas entrar y salir de ahí.  Como no quería yo broncas con el cabrón me hacía ojo de hormiga.

Ya que se fue el tenientito le pedí al sargento Toribio que me aclarara que chingaos era eso de “el puesto de honor”.  Toribio prendió un pitillo y se encuclillo cerquita mientras yo cavaba sudando chorros.

--Pos deberías de haberle pedido al teniente que te lo aclarara.

--Ni que fuera tan pendejo, mi sargento.

--Pos la ordenanza es clara, Manuel, “el soldado ejecutara una orden con prestancia, devoción, y entusiasmo”.  Si el soldado no sabe que chingaos está haciendo pos no es culpa del que le da la orden.  Ansina ha sido por siempre en el ejército mexicano. 

--¿Y entonces yo debía haberle preguntado al teniente que chingaos es “el puesto de honor”?

--¡Ni madres!  Eso sería una falta de respeto.

--¿Pos no me dijo usted que le debía haber preguntado?

--Nomás quería ver que tan pendejo eras.

--No me chingue mi sargento.

--No entiendes, Manuel.  Mira, entre más pendejo es un soldado mejor soldado es.  Digo, ¿por qué crees que al ejército de Napoleón le decían “El Gran Ejercito”?

--¿Porque estaba lleno de pendejos? –me atreví a sugerir recordando las escenas horribles de la retirada de Moscú que pinto Segur en un cuadro en la casa de mis tíos.

--Pues sí.  Digo, se necesita ser rete pendejo para marchar a Moscú en invierno.  Pero ellos obedecieron las órdenes del emperador mostrando “prestancia, devoción, y entusiasmo” como buenos pendejos.

Yo seguía enredado.

--¡Todavía no tengo ni una puta idea de que es eso del puesto de honor!

--Ven, Manuel, y te explico –dijo Toribio ayudándome a salir de la trinchera.

La mole de la Bufa estaba a nuestras espaldas, a occidente.  Al sur podíamos ver Zacatecas y el resto de los cerros.  Pero lo peor es que, a oriente se veía el humo de decenas de locomotoras acercándose.  Era la división del norte.

--¿Esos son los villistas, sargento?

--Si –contesto laconiamente el soldadote.

--Entonces ya nos llevó la chingada.

--Pos sí.  Te explicare lo que es el puesto de honor.  Es un asunto…entomológico.

De inmediato sospeche que me estaba cabuleando pues como soldados viejos siempre me estaban viendo la cara.  Sin embargo, ya hasta algo de cariño les había agarrado a esos soldadotes hijos de puta.  La confusión, sin embargo, era evidente en mi cara.

--¿Qué es eso de entomológico?

--Me lo fusile de tu tío que es muy letrado.  Quesque quiere decir cucaracha en griego.

--¿Y qué carajos tienen que ver las cucarachas en esto?

--Bien, Manuel, veras que somos el cerro más a oriente.  O sea, tenemos el puesto de honor.  Específicamente, tu trinchera, Manuel será donde se hara contacto por primera vez con el enemigo.  O sea, el tuyo es un puesto de honor del tipo entomológico pues aquí nos caerá toda la fuerza de la artillería villista y nos reventara como cucarachas.  ¿Ahora si te cae el tlaco?

--¡Puta madre!

Me avoque entonces a cavar la trinchera con más “prestancia, devoción, y entusiasmo”, cual dicta la ordenanza.  Pero no podía evitar pensar que cavaba mi tumba.  Toribio me siguió jodiendo, yo creo que pensaba que estimulando mi miedo cavaria con más ganas, aunque ya estaba chorreando sudor.

--¿Te acuerdas de aquel general que se trajo el señor Madero desde Cuernavaca?

Me acorde como Ángeles había estado preso en palacio junto con el señor Madero y Pino Suarez.

--¿Felipe Ángeles?  Si me acuerdo.  ¿No lo fusilo Huerta siempre? 

--No, no lo fusilaron.  Se pelo a Europa y luego se unió a Villa –explico Toribio--.  La mayoría de estos oficialitos estudiaron bajo Ángeles y juran que es mucha pieza como artillero.  Puede meter, dicen, un obús fácilmente en una trinchera tan angosta como la que estas cavando.

Inevitablemente me imagine a Ángeles apuntando un cañónsote hacia mi “puesto de honor” y disparando un obús del tamaño de una locomotora.  Este obús lo vería yo volando lentamente por los aires.  Por principio parecía que iba a caer lejos, en Zacatecas. Pero luego el obús dio media vuelta (así de chingón era Ángeles) como diciendo “ah, ya te vide Manuel Pavón”, y se dirigía directamente hacia mí.  Supe que ya me había llevado la chingada pues el obús (que pitaba como una locomotora) hacía una sombra cada vez más grande al aproximárseme.  Luego me reventaría en pedazos a tal grado que no encontrarían mucho de mí, vamos, ni la mierda, para enterrar.

Como siempre, el sádico de Toribio solía hacerme cagar de miedo y luego me daba valor.

--Mira Manuel, si ese general Ángeles tan mentado entreno a tanto tenientito pendejo que tenemos pos ha de estar igual de pendejo –dijo Toribio sonriendo--.  Además, ni yo ni Arévalo y estoy seguro que tú tampoco se harían matar por el pinche pelón borracho.  Ansina que estate atento a mí.  En cuanto podamos nos pelamos, ¿entiendes?  Como te dije una vez, durante una balacera es cuando es más fácil desertar. 

--Jijos sargento, nunca pensé que usted sería un desertor.

--Pos en este caso desertar es lo más lógico.  Mira, es cosa de no ser pendejo, Manuel.  Observa a estos infelices chamulas.  No son soldados.  Están peor que los infelices pendejos del 88.  Son una turba mal entrenada y sin mucho parque.  Eso sí, tenemos ametralladoras Maxim.  No dudo que les haremos matazón a los villistas.  La cuesta de estos cerros esta empinada y no van a poder darnos una carga de caballería como lo hicieron en Torreón.  Tienen que acercarse a pie, subiendo el cerro bajo nuestro fuego.  Y peor, en la Bufa tenemos artillería que igual los castigara.  Pero me temo que no los vamos a detener, sino solo los vamos a encabronar.  Y ya enchilados los villistas no van a tomar prisioneros.  ¡Ni madres!  Yo y Arévalo ya lo decidimos.  Nos pelamos durante la balacera.  Te puedes venir con nosotros si quieres.

Acto seguido Toribio dio un silbido quieto que todos los veteranos del 88 que quedaban conocían bien: se acercaba un grupo de mando.  En efecto vide aproximarse al ahora brigadier Cervantes seguido de Zamudio y de una parvada de oficialitos todos muy prendiditos.  Me avoque a cavar con más “prestancia, devoción, y entusiasmo” tratando de esconder mi cara.

Los oficiales nos ignoraron aunque Cervantes si regreso el saludo impecable que le hizo Toribio.  Luego se pararon en el voladero del cerro y escudriñaron a los convoyes villistas que se acercaban.

--Mi general –dijo Zamudio--, ¿Cuándo cree que nos atacaran?

--Posiblemente en la mañana, después de unas horas de bombardeo.  Pero conozco ya a Pancho.  No descartemos que nos trate de madrugar con un ataque nocturno sin cañoneó previo.  Así que ordene que haya doble guardia hoy en la noche.

--Hoy en la noche, mi general, ponemos doble guardia –le dijo bajito Zamudio viendo fijamente a Cervantes.

Cervantes le indico que se alejaran del grupo de mando.

--Si, esta noche.  ¿Vendrás? –pregunto Cervantes en voz queda.

--Si, ahí estaré, a la media noche --contesto Zamudio que estaba muy pálido--.  Pero, con todo respeto, tengo que saber algo.

--¿Qué?

--Mire a esta gente mi general.  ¿Cómo vamos a detener a Villa con estos infelices?

--¿No confías en mí?

--Sí, mi general, pero…

--Estas muy verde, Arturo –dijo Cervantes--.  Lo que hay que hacer es que estos indios jodidos nos teman más que a los villistas.  Forma un pelotón de veteranos.  Sitúalos entre la Bufa y el Cigarrero, con una ametralladora.  Anuncia que si la gente se quiebra atrás de ellos hay una ametralladora que los acribillara.  Ansina lo hice en Torreón y pudimos salir de ahí.  Y Olea y Medina Barrón entienden claramente que necesitare un flujo constante de parque y más vale que así sea. La Bufa es la clave de Torreón y el Cigarrero es la clave de la Bufa.  Si detengo aquí a los villistas se me plantara una aguilita de general de división en el quepí y tu serás el jefe de mi estado mayor.

--Creo que tengo unos cabrones que son veteranos y que harían lo que digo sin chistar.

--Pues hazlo.  Y acuérdate, mañana podemos morir.  No desperdiciemos esta noche.  Tengo whisky del bueno.

--¡Me gusta la idea! –sonrió Zamudio.

Ya que se fue Cervantes, Zamudio se aproximó a nosotros.

--A ver, sargento Toribio –dijo Zamudio.

--¡Sordenes mi teniente!

--Tome su gente del 88 y una Maxim con munición y me sigue –la voz de Zamudio se alzó para que todo mundo oyera--.  Los voy a poner en un punto donde, si alguien se quiebra aquí, ustedes los acribillan, ¿entienden?

--¡Sí, mi teniente! –contesto Toribio haciendo una señal a mí y a Arévalo para que lo siguiéramos.





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